¿Por qué se derrumba un proyecto político y por qué un líder que ganó una posición electiva pierde simpatía y popularidad?
La Arrogancia, ingratitud y el olvido de quienes hicieron campaña y buscaron los votos hasta debajo de las piedras que que una persona ganará una posición electiva son los factores negativos para que un proyecto político tenga una caída estrepitosamente.

POR SANTOS VÁSQUEZ.
Cuando un líder gana una posición electiva alcaldía, diputación o senaduría lo lógico sería pensar que el proyecto político se fortalece. Sin embargo, en muchos casos ocurre todo lo contrario: el proyecto se cae, se derrumba y va en picada.
Dirigentes, miembros, militantes, simpatizantes y hasta seguidores que empujaron con el voto popular a quienes ganaron posiciones terminan dándole la espalda sobre todo por el mal trato y la ingratitud del líder que encabezó determinado proyecto político.

El fenómeno no es casual, detrás de cada desplome hay razones que se repiten y que, aunque duelen, explican por qué la gente se va.
La arrogancia mata la cercanía
Nada aleja más a una base política que un líder que cambia después de ganar, el candidato que tocaba puertas, saludaba en los barrios y respondía llamadas, al llegar al poder se vuelve distante, delega todo, atiende poco y se rodea de un cerco que filtra a los “molestos”.
Esa arrogancia se traduce en frases como “ya ganamos”, “ahora mando yo” o en la negativa a escuchar críticas internas. El militante que madrugó en campaña siente que ya no importa. Y cuando el militante no se siente importante, se va.

La prepotencia con los propios
El poder mal entendido convierte a compañeros en subordinados. Dirigentes históricos que cargaron la bandera son tratados como empleados. Se les quitan espacios, se les niegan oportunidades y se les humilla en público.
La prepotencia también aparece en la toma de decisiones: se impone sin consultar, se reparten cargos entre “nuevos amigos” y se deja fuera a quienes hicieron el trabajo sucio en la campaña. El mensaje es claro: “sin ti también puedo”. Y la base responde: “pues entonces sigue sin mí”.
La altanería con el pueblo
Un error fatal es creer que el cargo da derecho. Algunos electos asumen una actitud de superioridad frente a la gente que los llevó ahí. Tardan en dar respuesta, no bajan a los barrios, no rinden cuentas y tratan los problemas sociales con indiferencia.
El ciudadano no olvida. El que votó esperando soluciones, cuando recibe altanería en vez de servicio, no solo deja de apoyar: se convierte en crítico. Y en política, un ex simpatizante desilusionado es el opositor más duro.

La ingratitud como sello
Quizás el factor que más cala. La política se mueve a base de lealtades. Quien cargó afiches, quien puso su casa para reuniones, quien defendió al líder en redes y en las esquinas, espera mínimamente respeto y reconocimiento.
Cuando el líder ganador “se olvida de quienes lo ayudaron a subir”, el proyecto pierde alma. La ingratitud desmotiva al dirigente de base, enfría al comité y apaga al voluntario. Sin esa gente, ningún proyecto se sostiene aunque tenga recursos del Estado.
¿Qué pasa después?
Cuando se juntan arrogancia, prepotencia, altanería e ingratitud, el resultado es predecible:
Fuga de dirigentes*: los que tienen liderazgo propio arman sus propias estructuras o se van a otro partido.
Desmovilización: los militantes dejan de ir, de trabajar y de defender.
Pérdida de credibilidad*: los seguidores dejan de creer en el discurso porque no ven coherencia entre lo que se prometió y lo que se hace.

Aislamiento del líder: se queda rodeado solo de intereses, no de convicciones.
Un proyecto político no se sostiene solo con una posición ganada. Se sostiene con gente. Y la gente se queda donde se siente valorada, escuchada y respetada.
La lección
Ganar una elección es el inicio, no el final. El verdadero reto es mantener vivo al equipo que te llevó a ganar. Eso implica humildad para seguir en las calles, gratitud para reconocer a los que sumaron, y coherencia para gobernar como se hizo campaña.
Cuando un líder olvida eso, su proyecto no lo tumba el adversario. Lo tumba él mismo. Porque en política, más rápido que cualquier derrota electoral, cae quien traiciona a su propia gente.



