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Historia de Miguel Guelo Diloné, hizo un arte el correr en base

Por Rafael Martinez

Lo odiaba cuando se enfrentaba a mis Leones del Escogido, pero era imposible no admirarlo. Miguel —Guelo— Diloné pertenecía a esa clase de peloteros que convertían la rivalidad en espectáculo. Cada vez que las Águilas Cibaeñas saltaban al terreno, su presencia obligaba al equipo contrario a mantenerse alerta.

Su velocidad, su energía y aquella manera particular de jugar lo convertían en una amenaza constante. Guelo no se limitaba a correr las bases: las transformaba en un escenario donde cada movimiento podía cambiar el rumbo de un partido.

Y aunque muchas veces lo sufrí como rival, debo reconocer que su manera de jugar despertaba una admiración difícil de contener.

El día que destronó a Mateito

Durante 19 temporadas con las Águilas Cibaeñas, el jardinero de Santiago construyó una trayectoria estrechamente ligada al corrido de las bases. Su velocidad le ganó el apodo de “La Saeta” y lo convirtió en una de las figuras más reconocibles de la pelota dominicana.

Pero antes de establecerse como líder histórico del robo de bases, Diloné tuvo que arrebatarle el trono a una de las grandes figuras de la pelota dominicana: Mateo Rojas Alou, «Mateito», mi ídolo de los Leones del Escogido.
La oportunidad llegó el domingo 26 de diciembre de 1976, en el Estadio Cibao, donde las Águilas recibían a los Leones.

Diloné llegó al encuentro con 100 bases robadas de por vida. Mateo Alou conservaba el récord con 101. El jardinero aguilucho necesitaba dos estafas para convertirse en el nuevo líder histórico.

No tuvo que esperar demasiado.
En el primer episodio, Diloné se robó dos bases y llegó a 102. En cuestión de minutos, el nombre de “La Saeta” desplazó al de Mateito de la cima del listado.

Los Leones terminaron imponiéndose por 3-2, pero el resultado quedó relegado a un segundo plano frente a la hazaña del corredor aguilucho.

Diloné había escrito una nueva página en la historia del béisbol dominicano

«El Rey del Play»

Miguel -Guelo- Diloné convirtió el correr las bases en un arte
La estampa de un jugador electrizante e influyente que durante años se adueñó del juego

Miguel Diloné, quien brilló con las Águilas Cibaeñas, se ganó el apodo
Miguel Diloné, quien brilló con las Águilas Cibaeñas, se ganó el apodo «El Rey del Play» debido a la enorme emoción, velocidad y agresividad que inyectaba al juego.cada vez que pisaba el terreno (el «play»).

Lo odiaba cuando se enfrentaba a mis Leones del Escogido, pero era imposible no admirarlo. Miguel —Guelo— Diloné pertenecía a esa clase de peloteros que convertían la rivalidad en espectáculo. Cada vez que las Águilas Cibaeñas saltaban al terreno, su presencia obligaba al equipo contrario a mantenerse alerta.

Su velocidad, su energía y aquella manera particular de jugar lo convertían en una amenaza constante. Guelo no se limitaba a correr las bases: las transformaba en un escenario donde cada movimiento podía cambiar el rumbo de un partido.

Y aunque muchas veces lo sufrí como rival, debo reconocer que su manera de jugar despertaba una admiración difícil de contener.

El día que destronó a Mateito

Durante 19 temporadas con las Águilas Cibaeñas, el jardinero de Santiago construyó una trayectoria estrechamente ligada al corrido de las bases. Su velocidad le ganó el apodo de “La Saeta” y lo convirtió en una de las figuras más reconocibles de la pelota dominicana.

Pero antes de establecerse como líder histórico del robo de bases, Diloné tuvo que arrebatarle el trono a una de las grandes figuras de la pelota dominicana: Mateo Rojas Alou, «Mateito», mi ídolo de los Leones del Escogido.

Miguel -Guelo- Diloné, en su hogar con sus muchos trofeos.
Miguel -Guelo- Diloné, en su hogar con sus muchos trofeos.Fuente externa

La oportunidad llegó el domingo 26 de diciembre de 1976, en el Estadio Cibao, donde las Águilas recibían a los Leones.

Diloné llegó al encuentro con 100 bases robadas de por vida. Mateo Alou conservaba el récord con 101. El jardinero aguilucho necesitaba dos estafas para convertirse en el nuevo líder histórico.

 

No tuvo que esperar demasiado.

En el primer episodio, Diloné se robó dos bases y llegó a 102. En cuestión de minutos, el nombre de “La Saeta” desplazó al de Mateito de la cima del listado.

Los Leones terminaron imponiéndose por 3-2, pero el resultado quedó relegado a un segundo plano frente a la hazaña del corredor aguilucho.

Diloné había escrito una nueva página en la historia del béisbol dominicano.

Correr: una manera de dominar el juego

La grandeza de Diloné no se explica únicamente con el número 395, la cifra de bases robadas que se le atribuye en la serie regular de la pelota dominicana.

Su importancia también está en la forma en que utilizaba la velocidad para alterar el juego.

Llegar a primera base era apenas el comienzo. A partir de ese momento, el lanzador debía prestar atención al corredor, el receptor tenía que prepararse para un posible intento de robo y los jugadores del cuadro debían ajustar su posición.

Diloné obligaba a la defensa a pensar en él.

 

Su presencia en las almohadillas modificaba el ritmo del partido. Una salida rápida, un movimiento hacia segunda o un intento de robo podían generar presión sobre el equipo contrario.

De ahí la frase que se hizo popular alrededor de su figura:

“Como marcha Diloné, marchan las Águilas”.

No era solamente cuestión de batear y correr. Era una forma de jugar que buscaba aprovechar cada oportunidad para poner en movimiento a la defensa.

Y cuando encontraba el momento adecuado, Guelo corría.

Las 44 estafas de una temporada extraordinaria

La temporada 1975-76 marcó otro capítulo importante en la carrera de Diloné. Ese año alcanzó las 40 bases robadas, una cifra que representó un hito en la pelota dominicana.

Pero no se conformó con esa producción.

En la campaña 1976-77 volvió a superar su registro y terminó con 44 bases robadas, una marca histórica de la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana.

La cifra ayuda a comprender la dimensión de su dominio en las bases. Diloné no fue un corredor que tuvo una temporada excepcional y desapareció del escenario. Su producción se extendió durante años.

También registró campañas de 34 robos en 1978-79, 33 en 1985-86 y 32 en 1977-78, según las estadísticas incluidas en el material de referencia.

Aquellos números describen una característica esencial de su juego: la velocidad no era un recurso ocasional, sino una de sus principales herramientas competitivas.

Más allá de las cifras

Diloné terminó su trayectoria en la pelota dominicana con 395 bases robadas, cifra que lo identifica como uno de los grandes especialistas en el corrido de bases del circuito.

Pero un récord no debe observarse de manera aislada.

Detrás de esa cifra hay años de preparación, lectura del lanzador, anticipación, velocidad y disposición para asumir riesgos. Robar una base exige más que correr rápido: requiere reconocer el momento, interpretar los movimientos del rival y tomar una decisión en fracciones de segundo.

Eso es lo que hace que la carrera de Diloné trascienda la estadística.

Su legado está relacionado con la manera en que convirtió el corrido de bases en una herramienta de presión constante.

Más que un buen robador

Reducir a Miguel Diloné a sus piernas sería una injusticia deportiva.

Durante sus 19 temporadas con las Águilas Cibaeñas, acumuló 877 imparables, 496 carreras anotadas y 395 bases robadas, de acuerdo con las cifras incluidas en el texto original.

También conquistó el título de bateo en la temporada 1983-84, con promedio de .343, y tuvo una trayectoria destacada como corredor.

Su relación con las Águilas no terminó cuando dejó de jugar. Posteriormente asumió la dirección del equipo y condujo al conjunto a la conquista del campeonato de la temporada 1992-93.

Un pelotero que hacía que algo ocurriera

Cuando recuerdo a Miguel Diloné, no pienso únicamente en sus estadísticas.

Pienso en el corredor que llegaba a primera base y cambiaba la atmósfera del estadio. En el pelotero que obligaba al lanzador a mirar hacia la almohadilla y al receptor a mantenerse preparado.

Pienso en la incomodidad que producía enfrentarlo como aficionado del Escogido y en la admiración que despertaba su manera de jugar.

Su legado no está únicamente en las bases que robó, sino en la sensación de peligro que provocaba cada vez que se embasaba.

Y para quienes lo vimos correr, esa sensación sigue siendo parte de la memoria de la pelota dominicana.

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